EL CENSOR (cueca sin pretensiones de
baile) 4:19
Ejerció la
labor con total entereza, creyendo que su rol era más que necesario,
imprescindible. Con los fotogramas cortados de las películas aún entretiene a
sus gatos, múltiples, en los ambientes de su piso espacioso. Desde el primer
día imaginó que los señores empresarios del cine y los del sindicato de actores
jamás lo llevarían a comer a uno de esos restaurantes del ambiente donde
pululan actrices de nariz respingada, hábiles para la tentación. A él que, a
cierta edad, no podía dejar de admirarlas, como quien se dedica a un fino
ejercicio de armonías, sin sodomizaciones ni procacidades. Cada escena de su
juventud se le seguía entablillando a un recuerdo que lo devolvía delirante,
aunque no zafado, con restos de osadía, como cuando desafió, en cueros, a aquel
banquero público. Pese a que casi no podía hablar seguía yendo a la radio para
sentirse influyente, el mismo que prohibió 336 extranjeras y una sola nacional,
aunque dijeran lo contrario: sus gatos, tal vez, podían dar fe al sentir el
roce del nitrato distribuido por una filial foránea. No más de veinte segundos
por corte donde cabe un pezón para el horror de algún capo de calle Lavalle que
podía perder algún público excitado. Hay otros que vieron, como se observa con
lupa, volar un Zeppelín en la
Alemania de Hitler y después él hizo poco para despegarse de
ese sambenito: viejo nazi, castrador, milico, represor… los que lo impugnaban no se daban cuenta que
el censor no era más que un ser humano que quería ver una buena película y tener en sus
manos programas sin publicidades ni hechos con papel de pizzería que raspa los
dedos. Qué hay de los que ponen el precio de las entradas, sembrando intereses
y sobornos para sumar estrellas en sus calificaciones o de los que reparten
subsidios a cualquier aventurero: si ayer mismo apareció un playboy que quería
retratar el plan de vida de una familia de clase media, con cero estructura
narrativa y jugando al desgano, con el argumento de que la atención para ser
captada requiere variedad y no repitencia. Detalles, menos trazos gruesos, a la
usanza del que lo lleva a recordarse de joven como pionero del sin sombrerismo,
vendiendo diarios mientras calentaba un pupitre vacío para tirarse en la
ringlera de 70 o 336 piezas, sin baño ni cocina ni tijeras ni gatos ni éxtasis:
apenas un sitio de transito como aquella oficina que ocupó durante cuatro años
o este ambiente con ventana al rió donde, jubilado a la fuerza, el censor evoca
su cargo.
[1] Texto surgido luego de la lectura de una entrevista a Miguel Paulino
Tato hecha por Mona Moncalvillo para la Revista Humor 22, de octubre de
1979.
No hay comentarios:
Publicar un comentario