lunes, 21 de diciembre de 2015

A2 - EL CENSOR

       EL CENSOR (cueca sin pretensiones de baile) 4:19

    Ejerció la labor con total entereza, creyendo que su rol era más que necesario, imprescindible. Con los fotogramas cortados de las películas aún entretiene a sus gatos, múltiples, en los ambientes de su piso espacioso. Desde el primer día imaginó que los señores empresarios del cine y los del sindicato de actores jamás lo llevarían a comer a uno de esos restaurantes del ambiente donde pululan actrices de nariz respingada, hábiles para la tentación. A él que, a cierta edad, no podía dejar de admirarlas, como quien se dedica a un fino ejercicio de armonías, sin sodomizaciones ni procacidades. Cada escena de su juventud se le seguía entablillando a un recuerdo que lo devolvía delirante, aunque no zafado, con restos de osadía, como cuando desafió, en cueros, a aquel banquero público. Pese a que casi no podía hablar seguía yendo a la radio para sentirse influyente, el mismo que prohibió 336 extranjeras y una sola nacional, aunque dijeran lo contrario: sus gatos, tal vez, podían dar fe al sentir el roce del nitrato distribuido por una filial foránea. No más de veinte segundos por corte donde cabe un pezón para el horror de algún capo de calle Lavalle que podía perder algún público excitado. Hay otros que vieron, como se observa con lupa, volar un Zeppelín en la Alemania de Hitler y después él hizo poco para despegarse de ese sambenito: viejo nazi, castrador, milico, represor… los que lo impugnaban no se daban cuenta que el censor no era más que un ser humano que quería ver una buena película y tener en sus manos programas sin publicidades ni hechos con papel de pizzería que raspa los dedos. Qué hay de los que ponen el precio de las entradas, sembrando intereses y sobornos para sumar estrellas en sus calificaciones o de los que reparten subsidios a cualquier aventurero: si ayer mismo apareció un playboy que quería retratar el plan de vida de una familia de clase media, con cero estructura narrativa y jugando al desgano, con el argumento de que la atención para ser captada requiere variedad y no repitencia. Detalles, menos trazos gruesos, a la usanza del que lo lleva a recordarse de joven como pionero del sin sombrerismo, vendiendo diarios mientras calentaba un pupitre vacío para tirarse en la ringlera de 70 o 336 piezas, sin baño ni cocina ni tijeras ni gatos ni éxtasis: apenas un sitio de transito como aquella oficina que ocupó durante cuatro años o este ambiente con ventana al rió donde, jubilado a la fuerza, el censor evoca su cargo.

[1] Texto surgido luego de la lectura de una entrevista a Miguel Paulino Tato hecha por Mona Moncalvillo para la Revista Humor 22, de octubre de 1979.


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