viernes, 25 de diciembre de 2015

A4 - CIRCULO SEMICERRADO

     CIRCULO SEMICERRADO (tango moderno) 3:12

       Veo el 28 que gira por el viejo Mercado Dorrego, blanco, imitando un breve gancho hacía la izquierda. Es otra noche que no tengo más que mirar por el vidrio, mientras el taxista da su hipótesis sobre el fiasco de la crotoxina. Lo trae a colación de un caso reciente de muertos por la ola de frio, con esa capacidad tan propia para concatenar sucesos y noticias solo para reforzar un lugar común. Solo para reforzar que la verdad es tan antigua como los mares y siempre estuvo ahí, en ese espejito retrovisor, aunque sea uno el que la crea lejana, a la verdad. Tan lejana como las piernas de Emilia que en ese preciso instante en que el 28 gira debe estar escribiendo un mensaje a una amiga para preguntarle, entre onomatopeyas de risa, qué hacer: si dormir o salir a caminar, llevada por sus esculpidas piernas, lejanas como esa sola verdad.
        Dado que la urbanización jamás concluye, puedo seguir perdido en figuras y detalles móviles, con los comentarios persistentes de Mario, propietario según la credencial adherida al reverso del asiento. De la crotoxina seguimos a Favaloro y de ahí, confundido, a cualquier otra palabra que sintetice la noche, ésta, la de las dos medias lunas puestas al alcance de la terraza, con Emilia crepitando entre mis manos, fugaz, presuponiendo un último arrebato, ideal para ser narrado pero diluido en la infinidad de gestos. Sus hombros se apartaron y el mundo no siguió andando de la misma forma: basta apenas un chasquido para romper la magia, para que el truco se exponga y para que sea la boca, otra boca, la que no se cierre nunca, la de Mario con sus grandes laboratorios organizando congresos a los que asisten médicos que luego llenarán recetarios con el nombre de la droga envasada por empleados rasos del laboratorio que cursa las invitaciones.
         Mientras creo con mayor ahínco en la ley de la compensación, como único modo razonable de vivir con cierta calma. Así es que Emilia se me antoja más dormida que un glaciar y rebusco en el bolsillo un importe preciso para pagar. Al no obtenerlo procuro deshacerme de un billete que llama la atención por su exceso de tinta. Mario no enciende la luz para ayudarme en la faena y revisa unos papeles después de copiar a la base. Quizás en ellos hayan restos de otras conversaciones o soliloquios que se repiten cuando dos apenas conocidos se despiden a la fuerza, dejando que el círculo se semicierre.


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