NUMEROLOGIA SENTIMENTAL (bolero antiguo y sin medias tintas) 3:45
(De cómo
Leopoldo comenzó a ver a las personas cercanas y no tanto como números. De cómo
esto lo alejaba aún más de los sentimientos y algunas pocas cosas más) Le pasó
en el vagón pero era algo que ya le venía pasando eso de factorizar a las
personas, darle un número a cada nombre propio despojándolo de humanidad. De
ese modo eludía el compromiso del afecto, ya que numerar consentía el frio
dominio de la técnica, por más que la seguidilla condicionara la repetición.
(También alguien por lo bajo le dijo
a Leopoldo que abrazar la gélida contextura de un decimal no se comparaba en
nada a una reverberante capa de piel y hueso) De aquella situación donde 1
dormía cruzado de brazos al lado de 2 que jugaba al Candy Crush con su celular
en diagonal a 4 hurgando su nariz, mientras observaba en la hilera opuesta de
asientos a 13 por demás atractiva, callada y seria junto a 14 que debía ser su
madre o su tia distraída con el cartel de la estación detenido junto a 460 que
con su bicicleta debía de esperar el furgón si su meta era subirse a la formación
que, según voceaba 702, llegaría solo a Villa Elisa debido a que aún
continuaban las obras para aliviar la corriente de agua en Ringuelet, porción
de la ciudad donde alguna vez vivió 3741 quien supo aconsejar mal a 002 (donde
Leopoldo es 002). Aquella escena reavivó el afán de tornar ecuación a sus
semejantes lo que, a su vez, le permitía jugar y llevar las posibilidades del
azar y la lotería al día a día, por mera evasión. Con una sencillez que no era
tal, podía argumentar que en el reinado de numeraciones telefónicas, claves y
tarjetas, la representación que se proponía era muy familiar; lo cuestionable,
en todo caso, es que lo suyo era realmente serio e involucraba un modo de vida
que lo devolvía en matemático o numerólogo con plena rigidez de su ciencia,
subordinada, por todo método, a los factores puestos en escena.
(Y hasta hubo quienes no dejaban de
ver en ello la consagración de Leopoldo como un Dios, con pleno dominio de los
seres que lo rodeaban, circunstancial o con persistencia, como tal, la paz de
disponer la suerte de cada uno como quien juega generala o tira reyes, tan
veleidoso e irregular como puede serlo un Dios, pese a que Leopoldo hasta en
eso, pudiera pensarse, procurase el decoro y la justa medida) Con esa cualidad
de numerar, acorde la distancia que implica distribuir como una baraja cada
cual de los naipes, descontando la pasividad del croupier que ve rodar la bola
y el disfrute de pasar el rastrillo por el paño arrastrando en cada ficha
redonda un pálpito o deseo momentáneo, ya descartado. En cada paño, los números
son 37, con el cero y las posibilidades múltiples, incluyendo colores,
columnas, docenas, filas, pares, nones, medios, plenos, casi una figuración en
pequeña escala de las relaciones sociales, donde parece primar la especulación
y la realización personal con un breve espacio para la flaqueza de los
sentimientos. Hasta aquel deseo de apostar a tal o cual número luce controlado
en la mente del que se fragua su destino y encuentra el placer cercenado en las
combinaciones, los proto aciertos (si hasta se iluminan los ojos de Leopoldo al
pensarlo de una manera tan fluida) y la digitación de una realidad donde solo
hay lugar para los números, infinitos, llenos de fuerza, revueltos y sin
ninguna previsibilidad más que su naturaleza desnuda y potencial.
(El número de tu casa, los tres
últimos números de tu DNI, el importe de la última prenda que compraste, los
dos números centrales de tu celular, el año en que naciste, la edad de tu
abuela materna al morir, la altura de la calle donde trabajas, la medida en
centímetros de tu novia, la patente del taxi que te trajo o el interno del
colectivo que a su vez tiene otro número que corresponde a la línea, como lo
tiene el día dentro del año en que lees esta disquisición plena de fanatismo)
Si entonces a cada humanidad corresponde un número diferente, puede colegirse
que son únicos, lo cual no habilita a la distinción dado que, como se dijo
antes, una seguidilla condiciona la repetición pero no el hastío y la rutina de
que el orden inevitablemente pueda reiterarse. Leopoldo no ignoraba que aquel
globo enorme de la precisión y el rigor matemático podía pincharse ante el
mínimo error o movimiento humano, disque que las voluntades pueden propender a
la equivocación solo para saberse vivos. ¿Qué hacer si mañana, con derecho, el
que dormía cruzado de brazos propende a ser quien hurga su nariz, o ser 2 y 4 a la vez, en qué orden del
pequeño Dios que, dicen, se fungió Leopoldo, entraría?
(O acaso la propia teoría de
Leopoldo no deje de ser una excusa o castración y debería dejar de pensar en
sentir en 10,9,8,7,6,5,4,3,2,1,0).
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