martes, 22 de diciembre de 2015

A3- NUMEROLOGIA SENTIMENTAL

         NUMEROLOGIA SENTIMENTAL (bolero antiguo y sin medias tintas) 3:45

      (De cómo Leopoldo comenzó a ver a las personas cercanas y no tanto como números. De cómo esto lo alejaba aún más de los sentimientos y algunas pocas cosas más) Le pasó en el vagón pero era algo que ya le venía pasando eso de factorizar a las personas, darle un número a cada nombre propio despojándolo de humanidad. De ese modo eludía el compromiso del afecto, ya que numerar consentía el frio dominio de la técnica, por más que la seguidilla condicionara la repetición.
            (También alguien por lo bajo le dijo a Leopoldo que abrazar la gélida contextura de un decimal no se comparaba en nada a una reverberante capa de piel y hueso) De aquella situación donde 1 dormía cruzado de brazos al lado de 2 que jugaba al Candy Crush con su celular en diagonal a 4 hurgando su nariz, mientras observaba en la hilera opuesta de asientos a 13 por demás atractiva, callada y seria junto a 14 que debía ser su madre o su tia distraída con el cartel de la estación detenido junto a 460 que con su bicicleta debía de esperar el furgón si su meta era subirse a la formación que, según voceaba 702, llegaría solo a Villa Elisa debido a que aún continuaban las obras para aliviar la corriente de agua en Ringuelet, porción de la ciudad donde alguna vez vivió 3741 quien supo aconsejar mal a 002 (donde Leopoldo es 002). Aquella escena reavivó el afán de tornar ecuación a sus semejantes lo que, a su vez, le permitía jugar y llevar las posibilidades del azar y la lotería al día a día, por mera evasión. Con una sencillez que no era tal, podía argumentar que en el reinado de numeraciones telefónicas, claves y tarjetas, la representación que se proponía era muy familiar; lo cuestionable, en todo caso, es que lo suyo era realmente serio e involucraba un modo de vida que lo devolvía en matemático o numerólogo con plena rigidez de su ciencia, subordinada, por todo método, a los factores puestos en escena.
            (Y hasta hubo quienes no dejaban de ver en ello la consagración de Leopoldo como un Dios, con pleno dominio de los seres que lo rodeaban, circunstancial o con persistencia, como tal, la paz de disponer la suerte de cada uno como quien juega generala o tira reyes, tan veleidoso e irregular como puede serlo un Dios, pese a que Leopoldo hasta en eso, pudiera pensarse, procurase el decoro y la justa medida) Con esa cualidad de numerar, acorde la distancia que implica distribuir como una baraja cada cual de los naipes, descontando la pasividad del croupier que ve rodar la bola y el disfrute de pasar el rastrillo por el paño arrastrando en cada ficha redonda un pálpito o deseo momentáneo, ya descartado. En cada paño, los números son 37, con el cero y las posibilidades múltiples, incluyendo colores, columnas, docenas, filas, pares, nones, medios, plenos, casi una figuración en pequeña escala de las relaciones sociales, donde parece primar la especulación y la realización personal con un breve espacio para la flaqueza de los sentimientos. Hasta aquel deseo de apostar a tal o cual número luce controlado en la mente del que se fragua su destino y encuentra el placer cercenado en las combinaciones, los proto aciertos (si hasta se iluminan los ojos de Leopoldo al pensarlo de una manera tan fluida) y la digitación de una realidad donde solo hay lugar para los números, infinitos, llenos de fuerza, revueltos y sin ninguna previsibilidad más que su naturaleza desnuda y potencial.
            (El número de tu casa, los tres últimos números de tu DNI, el importe de la última prenda que compraste, los dos números centrales de tu celular, el año en que naciste, la edad de tu abuela materna al morir, la altura de la calle donde trabajas, la medida en centímetros de tu novia, la patente del taxi que te trajo o el interno del colectivo que a su vez tiene otro número que corresponde a la línea, como lo tiene el día dentro del año en que lees esta disquisición plena de fanatismo) Si entonces a cada humanidad corresponde un número diferente, puede colegirse que son únicos, lo cual no habilita a la distinción dado que, como se dijo antes, una seguidilla condiciona la repetición pero no el hastío y la rutina de que el orden inevitablemente pueda reiterarse. Leopoldo no ignoraba que aquel globo enorme de la precisión y el rigor matemático podía pincharse ante el mínimo error o movimiento humano, disque que las voluntades pueden propender a la equivocación solo para saberse vivos. ¿Qué hacer si mañana, con derecho, el que dormía cruzado de brazos propende a ser quien hurga su nariz, o ser 2 y 4 a la vez, en qué orden del pequeño Dios que, dicen, se fungió Leopoldo, entraría?

            (O acaso la propia teoría de Leopoldo no deje de ser una excusa o castración y debería dejar de pensar en sentir en 10,9,8,7,6,5,4,3,2,1,0).


No hay comentarios:

Publicar un comentario