FERROCARRILES ARGENTINOS (característico estilo country) 8:43
Pero
volviendo o mejor dicho siguiendo con el asunto de las historias. Aquello que
intento contar a partir de las historias con las que me entretengo para no
dormirme en el tren, de regreso, mientras cabeceo de sueño y llegan como un haz
de luz que me despierta hasta la estación de destino. Soy, entonces, el
narrador de siempre, que apunta las escenas vividas por otros, tratando de
prolongar la fascinación generada de antemano (¿todas las historias merecen ser
contadas?) por su extrañeza o identidad. Al contarla dotamos de identidad a
esos seres, por más que no sepamos nombres y apellidos: al reconocerlos,
figuran, dentro del continente variado y dispar, un territorio propio, con sus
alegrías, dramas, estafas y concesiones permanentes, afincados en diferentes sitios,
a la vez, y mostrándose de variadas maneras.
Vuelvo entonces a la historia con
sus personajes, por el solo hecho de volver.
De espaldas parecía una mujer gorda,
una señorona dejando su bolsa violeta anudada en el estante superior del vagón.
Cubierto de un pulóver rojo, se sentó a un asiento de distancia. Lo primero que
hizo fue hacer notar su voz fuerte, de tono femenino, una voz de personaje
risueño que compra un chocolate Milka a diez pesos despidiendo a la vendedora
con un “Dios te bendiga”. El gordo de rulos, pulóver rojo y bolsa violeta ya
había captado la atención desde antes de comenzar a escribir su cuaderno
espiralado con letras imprenta enormes. Iba sentado y a esa altura (digamos
Villa Domínico) ya envidiaba su capacidad fértil para la conversación gratuita.
Su paso era lentísimo. Arrastraba
los pies envueltos en vendas oscuras y recubiertos por pantuflas. Cuando subí
buscando ubicación, me dejó seguir por el pasillo, con gesto serio, sostenida
por cada borde de asiento, dosificando cada pisada. Al cabo de largos minutos,
la anciana de pelo bien blanco recogido por una hebilla a lunares, llegó hacía
donde me había sentado y repitió la historia que ya venía contando: necesitaba
ayuda para comprar inyecciones a 169 pesos, un problema con la Policía por la escritura
de su casa en Lomas de Zamora, problemas para caminar, componían el cuadro de
su desgracia cotidiana.
Cuando se cruzaron, no dudó en
ayudarla. Le preguntó cuánto le faltaba para llegar a los 169, cuánto llevaba
juntado y luego de una pausa larga revolviendo entre su bolsa de mano le
ofrendó un poco más de cien pesos. Ante los oídos del resto de los pasajeros
pidió que le cuente, en detalle, su problema. Una señora sentada, que
intercedía entre ambos, dejó su lugar para que el dialogo pudiera prolongarse
al cabo de seis o siete estaciones. El ruliento iba apuntando direcciones y
números en su cuaderno de bitácora: Parroquia Ntra. Sra. Del Rosario, pedir
oraciones de 10 a
22 a un teléfono fijo cuya numeración no alcancé a distinguir desde mi posición. La
anciana hablaba en tono muy bajo, haciendo de su drama una confesión ante el
bienvenido pastor, confiado, que se robaba las miradas en ese tren a mediodía.
Más tarde, una joven lo puso en
autos, ante su duda, que Berazategui había quedado atrás. La anciana,
previamente, se había ido con la hoja escrita, arrancada del cuaderno, doblada
en dos, vaya a pensarse si creyendo en algo mientras dejaba sus ajados pies
sobre un anden en Platanos. Su nombre de apellido alemán quedó documentado siguiendo
el ejercicio del que hacía el bien con bendiciones, que, mientras comía un
chocolate, hablaba al aire sobre el modo de reconocer las estaciones; un pibe
lo miraba extrañado, quizás movido por esa voz tan dulcinea, proveniente de un cuerpo pastoral tan
pesado y locuaz.
(Estaba distraído con la distancia
recorrida por los cables de electricidad cuando me atrajo la voz del susodicho.
Pensé que cuando fuera ciego podría reconocer con los lujos de detalles,
posibles colores dentro de la paleta que proporciona la agudeza. En esa
oscuridad de cuencos abiertos acaso dispondría de otro lenguaje, despojado de
los rodeos cromáticos y las texturas propias del ambiente fecundo de contornos,
líneas que se desordenan en el aire. Podría, quizás, hacer como que adivino
cuando esas dos señoras dialogan llenando de azúcar el termo de agua para el
mate. O esa otra señora a la que se le desparrama comida para el gato en el
piso sucio de la formación. Mientras los miles se evaden con el celular y sus
auriculares, tapando el pregón de unos alfajores Nevares o de medias de toalla
a la mitad de su valor original. Pensaba hoy que aún puedo verlos, aunque de a
ratos quisiera que la barba oculte mi rostro sonrosal de gracias y disculpas
por doquier, para ser más avezado en el trato equidistante. Quitando del alma
las telarañas de la duda y la especulación para coronar una especie de placer
que haga sentirme visible aun en plena ceguera).
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