martes, 29 de diciembre de 2015

B2 - MARIDAJE

              MARIDAJE (2da parte) (balada dulzona) 3:01
        
        De todas las variantes ofrecidas por la carta elegían la cerveza roja por costumbre. A veces, la acompañaban con papas; cuando no, dejaban sitio para que no los invada la modorra que secunda al buen comer y se permitían el disfrute mayor con las cremas, también artesanales, ofrecidas por una tienda de helados que descubrieron hace poco. Fue en una tarde de nubes parciales, donde, después de varias vueltas aeróbicas, buscaron algo para refrescarse, dando con los colores pastel de la tienda en una esquina con parada del 307. No hubo coincidencia en los gustos, si era necesario exagerar una predilección entre ambos que ya estaba más que afianzada en otros espacios como el doméstico o la propia cervecería a la que concurrían cada vez que se contaban, repasando, la semana.
           Allí Etelvina notó que sus frases replicaban cada vez menos el ingenio de otros encuentros; temió pensar, en un habitual juicio desbocado, que las prendas que elegía para vestirse ya no acompasaban la delicadeza de sus viejas historias, contadas a modo de anecdotario. Ahuyentando cualquier calumnia se convenció que, al igual que un lavado de cara matinal, el ejercicio del habla y de la escucha no reviste mayores complicaciones: habrá alguien para oír una frase dispersa por más nasal y tartamuda que suene o por más trillada en su construcción, como la de un discurso inaugural. “Somos lo que queremos oír”, imaginó en su sobrecito de azúcar antes de sonreír amable como lo hacía sabiendo del orgullo de su compañero que apuraba el último trago de la pinta.
      Cuando se aburrieron de estar sentados mirándose, jugaron a verse como espectadores de una oratoria solemne. Etelvina se ponía en la piel de una duquesa que no dejaba de correr y tenía tiempo para hablar pausado, controlando el aire. Su interlocutor se apuntaba como el mandamás de una sociedad de propietarios poderosa, midiendo las dimensiones de su púlpito, poniéndose de pie, haciendo que la risa de Etelvina, entre expansiva y bruta, se mezclase con el murmullo compartido de clientes y vehículos. A esa hora, ya no podrían decidir cual de las canciones sonaría mejor para la relación, consumada y eficaz, como un maridaje, al que las olas no pueden erosionar, aunque tanto con el clima como con los humores nunca se sepa del todo bien.
            Después, para matar otro rato doméstico, quizás acepten un gato, procurando que pierda poco pelo: a Etelvina le da mucha alergia y él ya no quiere barrer.


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