MARIDAJE (2da parte) (balada dulzona) 3:01
De todas
las variantes ofrecidas por la carta elegían la cerveza roja por costumbre. A
veces, la acompañaban con papas; cuando no, dejaban sitio para que no los
invada la modorra que secunda al buen comer y se permitían el disfrute mayor
con las cremas, también artesanales, ofrecidas por una tienda de helados que
descubrieron hace poco. Fue en una tarde de nubes parciales, donde, después de
varias vueltas aeróbicas, buscaron algo para refrescarse, dando con los colores
pastel de la tienda en una esquina con parada del 307. No hubo coincidencia en
los gustos, si era necesario exagerar una predilección entre ambos que ya
estaba más que afianzada en otros espacios como el doméstico o la propia
cervecería a la que concurrían cada vez que se contaban, repasando, la semana.
Allí Etelvina notó que sus frases
replicaban cada vez menos el ingenio de otros encuentros; temió pensar, en un
habitual juicio desbocado, que las prendas que elegía para vestirse ya no
acompasaban la delicadeza de sus viejas historias, contadas a modo de
anecdotario. Ahuyentando cualquier calumnia se convenció que, al igual que un
lavado de cara matinal, el ejercicio del habla y de la escucha no reviste
mayores complicaciones: habrá alguien para oír una frase dispersa por más nasal
y tartamuda que suene o por más trillada en su construcción, como la de un
discurso inaugural. “Somos lo que queremos oír”, imaginó en su sobrecito de azúcar
antes de sonreír amable como lo hacía sabiendo del orgullo de su compañero que
apuraba el último trago de la pinta.
Cuando se aburrieron de estar
sentados mirándose, jugaron a verse como espectadores de una oratoria solemne.
Etelvina se ponía en la piel de una duquesa que no dejaba de correr y tenía
tiempo para hablar pausado, controlando el aire. Su interlocutor se apuntaba
como el mandamás de una sociedad de propietarios poderosa, midiendo las
dimensiones de su púlpito, poniéndose de pie, haciendo que la risa de Etelvina,
entre expansiva y bruta, se mezclase con el murmullo compartido de clientes y
vehículos. A esa hora, ya no podrían decidir cual de las canciones sonaría
mejor para la relación, consumada y eficaz, como un maridaje, al que las olas
no pueden erosionar, aunque tanto con el clima como con los humores nunca se
sepa del todo bien.
Después, para matar otro rato
doméstico, quizás acepten un gato, procurando que pierda poco pelo: a Etelvina
le da mucha alergia y él ya no quiere barrer.
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