EL ALCOHOLICO QUE PERDIÓ
SUS PIERNAS (acid jazz) 3:39
Nadie sabe
bien: se las olvidó o las dejó en concesión. Y yo que, humillado, vi el día y
me marché, ahora que lo escribo pienso tomar partido (qué otra cosa podría
tomar). El señor al que hago referencia no ha dejado líquido sin beber, más
bien creo que apostando la suerte de sus dos extremidades inferiores. Si se las
ganó un viejecito u otra bonita muchacha de esas que atesoran progreso, es
materia que excede mi percepción, tan cansina e imperfecta como un perro en la
intendencia.
Lo interesante sería saber qué fue
lo que hizo extensiva su historia y a partir de qué boca comenzó a propagarse
el rumor de esta extraordinaria defección. Integrante de una camada brillante,
podía sentirse un hombre de mundo pese a desconfiar de lo que lo rodeaba.
Enseñarle a ciertas novatas que la filantropía en los hacendados es una mera
maniobra fiscal; que el agua sola envejece antes que purifica los intestinos;
que la muerte es menos pesada que la libertad y otras sentencias posibles,
aptas para cualquier atardecer benigno. Con el mejor tono de crooner repasó
antes de averiguar, en voz alta, sitios donde podrían haber ido a parar sus
piernas; cada sitio refería a una determinada cantidad de personas, transeúntes
o desalmados, cansados de agitar el cuerpo por horas en lenta compostura que
deviene en el hurto final de la pareja. Como las piernas que deciden, si
quieren, evadirse por separado: la derecha más próxima a la azotea y la zurda
rozando el sótano.
Y si las vieran andar por ahí,
podrían distinguirlas, buscadas, por la torcedura. Por ser una más corta que la
otra aunque haya que tener muy fina la mirada para percibir la diferencia, sin
contar que se necesite un pequeño centímetro para corroborarlo. O si de golpe
un día, deja de sonar la música que tanto lo mambea, corroborando un espacio
invisible debajo de la cadera, en el centro de una ronda, sin una silla cerca y
con el recuerdo de aquel peluquero que debió jubilarse por unas varices
inminentes (también las piernas cejaron aunque luego de años de servicio). Con
mil caras sentadas, como indagando por la suerte y la gracia del alcohólico aquel que perdió algo más que la forma de caminar, sin la música tampoco que le
daba un poco de ritmo entre los vapores de su propia debilidad.
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