jueves, 7 de enero de 2016

B5- ECLIPSE DE PERROS

 ECLIPSE DE PERROS (rumbita desprolija) 2:45

         El vaivén de la figura hecha por la moza al irse indica la hora de partir, atravesando el parque de noche. Hay eclipse de perros que es parecido a no verte más, perdida en otro agujero negro. Una oración que se traspapela entre los dientes de un mendigo y ya no habrá rumba que preceda a la soledad.
            Me pierdo entrecerrando los ojos, achinando una visión de sentido. Pienso, también, en una mentira que me tranquilice o cualquier deseo para sentir un halo de vida, por más que mañana tropiece al despertar. La quinta esencia es la noche; la locura, este eclipse que husmea los tobillos en procura de una razón perdida. Lejos, aunque no tanto, se acumulan los toneles de tiempo muerto y acaso ¿en qué idioma hablaste de mi? Siendo un propio coto donde no se cazan ni perdices, tal vez en aquella memoria de calles de tierra o de ombliguitos que te miran a los ojos esté tu verdadero sentido.
           Porque cuando se camina sin rumbo lo que sobran son conjeturas y absurdos ejercicios contrafacticos, como si la vida fuera un paño absurdo de ruleta y por cada acto haya treinta y seis que no fueron. Ni siquiera ameritan tantas variantes, si es que las noches son, en el fondo, iguales, con idénticas figuras en desequilibrio por el exceso de polvo o el maleficio de un silencio. Dispuesto a contar una a una las estrellas, un viejo doctor se durmió en un banco de plaza, apenas lejano de las siluetas precarias de varios puestos de feria. Ya se cruzó con uno de esos artesanos la semana pasada, cuando por pura cortesía sacó su cuerpo a pasear un poco al sol antes de saberse confundido, insultando a la oscuridad por su frustración personal. Cual será ese antídoto para evitar que dos personas que sospecharon quererse y se olvidaron se reencuentren sin quererlo y lo sientan de verdad, sin imitar lo formal o el segmento leve de respeto que antecede a la vulgaridad.
         Palabras así hay a montones, si hasta se pueden arrojar al piso para que crezcan más mientras se aguarda, permanentemente se aguarda, el momento que nunca es justo para actuar, yéndose de nuevo otra silueta que simula atesorar un grato recuerdo, pero no es menos que un vil eclipse de perros.





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