Y cuál es la gracia, qué me decís de comer apiñados en Los Inmortales, en una mesa puesta entre otras, mirando de coté a Carlitos que sonríe y a Razzano que acompaña, entre parejitas primerizas que pasean por Corrientes con alguna gala alimentando al mercado pavote del humor de dorapa, que es como ir a verlo a tu tio canchero para reírte y dejarlo ahí en su sala, secándose al sol de neón. O sino apiñado contra la veteranía de cinco que se mantienen bien, festejando el cumpleaños de la más osada para vestirse, con un pobre short blanco estilo playa. Si habré creído estar en la costa con este vientito de río que dan ganas de hacerse panadero y que nos asaltó por Lavalle, antes de elegir al sitio que nunca muere, con el Gordo Porcel como Mateo en la vereda distrayendo a cualquier familia tipo desprevenida con su celular a mano para captar ese tipo de momentos, del esparcimiento, del paseo metropolitano, del megastomiplataqueganéconmiesfuerzo en teatro, pizzas con un sinfin de quesos, libros de saldo o libros de cuarta, cotillón o golosinas, cigarrillos o tal vez alguna cosita para decorar el ambiente o alguna bisutería africana para regalar. Mientras los autos pasan, apiñados también, con otras familias o con individuos con pies de barro: pronto no van a quedar próceres ni en billetes; ahora sobran animales como los que protagonizan fábulas perfectas donde papá león es bueno y trata disciplinar a cebras, elefantes y compañía por ser más bello, piola y poderoso, aunque esto último sea un atributo que no garantiza una melena tupida.
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