Montaron una carpa enorme pero precaria sobre el talud. Un
circo, una exposición, pensó Vicente. Nada de eso. El pastor había llegado al
viejo barrio ferroviario, con su sermón y sonrisa campechana. No hubo fin de
semana en el que no se acercaran personas, mujeres grandes como Nancy y familias
ensambladas. Vicente no lo hacía, pero no podía evitar que el fervor evangélico
llegara a sus oídos. “Fuera Diablo”, “Cristo salvador”.
La primera vez
que volvió del trabajo hizo la cuadra al bajar del micro y miró hacía arriba.
Creyó que en el piso más alto del departamento vecino algún fanático tenía al
máximo el volumen del televisor. Pero había eco, un sonido que inundaba el
cielo, una potencia que superaba las veinte pulgadas. Después lo comprobó.
Las maderas
formaban un octágono. La tela que recubría los pilares era violácea. Sobre el
pasto seco de la vieja estación ferroviaria había también un espacio para los
más chicos. Un arenero sin arena, con cubos y juegos de plástico, como garantía
de estar. En tanto, los parlantes entre la carpa de ocho puntas y el resto de
la avenida, tan altos como los viejos vagones que hacían de souvenir añejo del
barrio. Anchos como una señora que asfixiaba entre los muñones de su mano una botella de agua saborizada.
Allá, hijos o nietos jugando; acá, padres con labios automáticos y, siempre, el
pastor manejando el sermón, rally de arengas con inflexiones de voz
imprevistas. Pulcro, de anteojos finos, entre el alumbrado público que realza
la brillantez de unas canas divinas.
Vicente ya
había escuchado algo por radio. De casualidad, cautivado por unas baladas a la
hora del regreso, que así han dado en llamar a esa franja horaria en la que una
porción de gente vuelve vaya a saber de dónde. Así era que en la tanda se
colaban testimonios de todo tipo de enfermedades: bultos, pólipos, ganglios.
Malignos todos que en segundos desaparecían por un “Abracadabra” o un “Quítame
de aquí estas pajas”, si se tratara de españoles. Pero los de la radio como los
que estaban en el barrio cultivaban parecían brasileros por su portuñol, que ya
resultaba caricaturesco en pleno siglo XXI. Finalmente lo tentó ser parte de la
ceremonia ya que la instalación, le había confesado el verdulero, duraría pocas
semanas. Hasta no faltó quien lo uniera pura y exclusivamente a un interes
partidario, al de cierto candidato municipal trasnochado que pretendía mezclar
su apellido de dos silabas entre los oficios devocionales.
El terreno era
desparejo. En eso se asemejaba al patio donde vivía su tia Nancy, casi llegando
a la esquina del mismo barrio. La breve distancia no implicaba un mayor
acercamiento, ni aún ahora que Vicente sabía que a su tía la había tomado por
asalto el alemán. Por esa extraña asociación se le ocurrió que ella era el
mejor motivo para saciar su curiosidad, inspirado en la imagen de Nancy limpiando el capó del auto del doctor con el escobillón. Quizás añorando los
días en que la tía, su tía, era capaz, con sus ojos grises, mezcla de ceniza y hollín, de pasar revista a los detalles de la cuadra.
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