viernes, 20 de febrero de 2015

A2- EL CHICO QUE LE TEMIA A LOS GLOBOS (RUIDO)

            I
Su sola presencia, colorida, ya lo perturbaba. No podía ir a pasarla bien a un cumpleaños porque como adorno inexplicable los globos inflados permanecían, aún quietos. Era la percepción del miedo, que, tarde o temprano alguno, rojo o azul, explotase, dado que no faltaba otro como él que jugara con ellos. El también supo hacerlo en su casa, dandole con furia contra una cortina improvisando la red del arco. Pero ahora solo piensa en que explotaran, haciendo un ruido, más o menos fuerte, es lo único que le resta a un globo que ya se infló y fue atado: reducirse a su nada por una acción externa. Un pisotón, un pinchazo, un estrechar con las manos. Varias veces hasta hundir en el pánico a ese chico medio rubión que, de grande se hará el misterioso aunque ahora sufra menos por no poder estar recogiendo el papel picado que vomita la piñata.
No sólo papel picado: caramelos, juguetes diminutos, señas particulares, ganarse el premio como se gana la vida en un piso de serpentina. Se conformará con un relato piadoso, en la postrimería de otro festejo ajeno por ese trauma o quién sabe qué de adentro suyo. Si fueran graciosos como los sobresaltos, serían agudas las tristezas que rara vez lo conducen a llorar: incorporó su cuota de patetismo que en la adultez minimizará su dignidad. ¿Para cuando una canción de amor repleta de globos? ¿Para cuándo un festejo opíparo sin motivos y globos que lo justifiquen?
Dentro del quincho compartido, sobre el piso de cemento, en ronda, la frenética animadora los reúne, instándolos a la atención en torno a un juego simple con números. Están todos los chicos, menos uno que permanece aislado con las manos en sus orejas, la mirada triste pretendiendo que se le borre por completo el registro de los ojos ajenos, llenos de lástima y compasión. De poco servirá figurarse hombrecito con todos, prolijos, los botones, prendidos, de la camisa con el flequillo peinadísimo si se asusta al mínimo golpe, tara que lo separa del resto. Corrido por una mano invisible que lo hace, ensimismado, bola de susto en pleno jolgorio: sería mejor que siga sin venir y se dedique a suponer, que suponga que no tuvo jamás ese miedo ni esa angustia ni esa distinción del resto que lo reduce al despropósito de padecer un cumpleaños feliz

II
… Y muchos años después, atontado por calmantes intravenosos ese mismo chico recordaría el día en que tuvo noción de la lluvia.
El sonido de la lluvia, pese a ser cuantioso, resulta armónico, sincrónico, oponiéndose a la percepción que es única en relación a quien emplea su sentido (oído, ahora; olfato, luego). Una cantidad mansa que desciende consonante, diametralmente opuesta a la irrupción del trueno, cuyo estertor matiza el relámpago. En ellos se conjuga el vínculo entre la disonancia y la ruptura: anunciada por escasos segundos, prediciendo el suceso más no la intensidad.
¿Qué ruido, rui-do, evoca una sensación placentera? Permito asegurar que ninguno, incitando la respuesta de los acumuladores de excepciones.
Imaginó que el fogonazo de un rayo lo dejaba ciego por unos instantes. Restregaba, entonces, con los puños la órbita cerrada de cada ojo, sin pensar en las descargar aparentes que podía generarse, recorriendo el puente levadizo de sus brazos, débiles, en esa instancia, por el deseo fatuo de contener el aire inundado de gotas pequeñas. Al salirse de su imaginación percibió lo obvio: su entorno no era tan primario como su razón.
Entre ese favor de calibrar lo irreal, asoció a tres mujeres que conoció, categorizandolas. Dado que se trataba de un ejercicio individual se permitió el egoísmo de describir a una que lo despreció, otra que fue rechazada y la tercera, de un desinterés mutuo. En un sentido de pertenencia, se rió por lo arbitrario del lenguaje, amagando con propagar su agrupación, que sólo le generaba una dosis de alivio para pasar el rato, como el que se divierte adivinando sin precisión el clima existente en una latitud contraria o el huso horario que atraviesa un país ignoto.
Si este devaneo en torno a la lluvia comenzó a partir del carácter de un chico que temía a los globos, que ya entonces maduro agonizó y sin sentido tuvo entre sus últimos recuerdos, la lluvia primeriza. Hasta revolver entre los canales de su devastada inteligencia, derrapando en tres figuras que le trajeron consuelo, parsimonia de lo ajeno, entre el ruido de la madera.


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