I
Su sola presencia, colorida, ya lo perturbaba. No
podía ir a pasarla bien a un cumpleaños porque como adorno inexplicable los
globos inflados permanecían, aún quietos. Era la percepción del miedo, que, tarde
o temprano alguno, rojo o azul, explotase, dado que no faltaba otro como él que
jugara con ellos. El también supo hacerlo en su casa, dandole con furia contra
una cortina improvisando la red del arco. Pero ahora solo piensa en que
explotaran, haciendo un ruido, más o menos fuerte, es lo único que le resta a
un globo que ya se infló y fue atado: reducirse a su nada por una acción
externa. Un pisotón, un pinchazo, un estrechar con las manos. Varias veces
hasta hundir en el pánico a ese chico medio rubión que, de grande se hará el
misterioso aunque ahora sufra menos por no poder estar recogiendo el papel
picado que vomita la piñata.
No sólo papel picado: caramelos, juguetes diminutos,
señas particulares, ganarse el premio como se gana la vida en un piso de serpentina.
Se conformará con un relato piadoso, en la postrimería de otro festejo ajeno
por ese trauma o quién sabe qué de adentro suyo. Si fueran graciosos como los
sobresaltos, serían agudas las tristezas que rara vez lo conducen a llorar:
incorporó su cuota de patetismo que en la adultez minimizará su dignidad. ¿Para
cuando una canción de amor repleta de globos? ¿Para cuándo un festejo opíparo
sin motivos y globos que lo justifiquen?
Dentro del quincho compartido, sobre el piso de
cemento, en ronda, la frenética animadora los reúne, instándolos a la atención
en torno a un juego simple con números. Están todos los chicos, menos uno que
permanece aislado con las manos en sus orejas, la mirada triste pretendiendo
que se le borre por completo el registro de los ojos ajenos, llenos de lástima
y compasión. De poco servirá figurarse hombrecito con todos, prolijos, los
botones, prendidos, de la camisa con el flequillo peinadísimo si se asusta al
mínimo golpe, tara que lo separa del resto. Corrido por una mano invisible que
lo hace, ensimismado, bola de susto en pleno jolgorio: sería mejor que siga sin
venir y se dedique a suponer, que suponga que no tuvo jamás ese miedo ni esa
angustia ni esa distinción del resto que lo reduce al despropósito de padecer
un cumpleaños feliz
II
… Y muchos años después, atontado por calmantes
intravenosos ese mismo chico recordaría el día en que tuvo noción de la lluvia.
El sonido de la lluvia, pese a ser cuantioso, resulta
armónico, sincrónico, oponiéndose a la percepción que es única en relación a
quien emplea su sentido (oído, ahora; olfato, luego). Una cantidad mansa que
desciende consonante, diametralmente opuesta a la irrupción del trueno, cuyo
estertor matiza el relámpago. En ellos se conjuga el vínculo entre la
disonancia y la ruptura: anunciada por escasos segundos, prediciendo el suceso
más no la intensidad.
¿Qué ruido, rui-do, evoca una sensación placentera?
Permito asegurar que ninguno, incitando la respuesta de los acumuladores de
excepciones.
Imaginó que el fogonazo de un rayo lo dejaba ciego
por unos instantes. Restregaba, entonces, con los puños la órbita cerrada de
cada ojo, sin pensar en las descargar aparentes que podía generarse,
recorriendo el puente levadizo de sus brazos, débiles, en esa instancia, por el
deseo fatuo de contener el aire inundado de gotas pequeñas. Al salirse de su
imaginación percibió lo obvio: su entorno no era tan primario como su razón.
Entre ese favor de calibrar lo irreal, asoció a tres
mujeres que conoció, categorizandolas. Dado que se trataba de un ejercicio
individual se permitió el egoísmo de describir a una que lo despreció, otra que
fue rechazada y la tercera, de un desinterés mutuo. En un sentido de
pertenencia, se rió por lo arbitrario del lenguaje, amagando con propagar su
agrupación, que sólo le generaba una dosis de alivio para pasar el rato, como
el que se divierte adivinando sin precisión el clima existente en una latitud
contraria o el huso horario que atraviesa un país ignoto.
Si este devaneo en torno a la lluvia comenzó a partir
del carácter de un chico que temía a los globos, que ya entonces maduro agonizó
y sin sentido tuvo entre sus últimos recuerdos, la lluvia primeriza. Hasta
revolver entre los canales de su devastada inteligencia, derrapando en tres
figuras que le trajeron consuelo, parsimonia de lo ajeno, entre el ruido de la
madera.
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