“La felicidad es poder
convertir los ruidos de nuestra vida en música”
Raví
Lucanor (1543)
A cualquier hora los ruidos sorprendían, generando un sobresalto automático. Los sustos dejaban en evidencia la sensibilidad de mi percepción. Al menos eso era lo que quería creer: un hilo delgado que se perturbaba al sonar esas composiciones revueltas que pude convertir en música, con mucho esfuerzo. En música, mu-si-ca, tenerlo en la mente antes que suene y después acompañar apenas la cadencia, surfear la ola del arrullo melódico, creyendo en un sentido claro detrás de cada verso. Así es que logré emplear media sonrisa al menos ante un ruido, porque con buena cara hasta el mayor sobresalto, comprendí, resulta querible. Un blues me hizo despertar luego de una siesta que juré, duraría años; un blues con sus doce compases y la música de aquella cantante que decía las peores desgracias de su raza con tono dulce.
A cualquier hora los ruidos sorprendían, generando un sobresalto automático. Los sustos dejaban en evidencia la sensibilidad de mi percepción. Al menos eso era lo que quería creer: un hilo delgado que se perturbaba al sonar esas composiciones revueltas que pude convertir en música, con mucho esfuerzo. En música, mu-si-ca, tenerlo en la mente antes que suene y después acompañar apenas la cadencia, surfear la ola del arrullo melódico, creyendo en un sentido claro detrás de cada verso. Así es que logré emplear media sonrisa al menos ante un ruido, porque con buena cara hasta el mayor sobresalto, comprendí, resulta querible. Un blues me hizo despertar luego de una siesta que juré, duraría años; un blues con sus doce compases y la música de aquella cantante que decía las peores desgracias de su raza con tono dulce.
A la
vez la posibilidad de convertir los ruidos en música facilitó sobremanera mis
relaciones sociales. Puesto a agradar o hacerle creer al otro su supuesta
importancia llevaba conmigo la composición que creía mejor le sentaba, lo cual
volvía más fácil las cosas tratándose de seres con los cuales no congeniaría ni
por sorteo. Ahí si que, pienso, por suerte, hay música para ilustrar tales
encuentros que son inevitables, en la medida que los reconocemos. Después lo
otro son ruidos, interferencias como repite mi analista, al describir el estado
de vergüenza al que me sumen ciertas situaciones donde, descifro, olvido la
música o, lo que es peor, reprimo la música que soy capaz de generar. Esa es
otra cuestión que, sin pretensión académica, urge analizar: dado que fui capaz
de convertir el mayor de los ruidos en música ¿cómo es esa música? ¿Presenta
vicios del ruido originario? ¿Suena como surgida de la naturaleza? ¿Suena a
secas? ¿Pretende elaborar un lenguaje? ¿un lenguaje de pretensión universal o
apenas un canal de expresión personal? Responder a cada una de estas preguntas
atentaría contra la esencia de una introducción, sin negras ni blancas
definidas, una suerte de paraíso sonoro en oposición al cadalso ruidoso.
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