Recuesta su cuerpo como cada semana debajo de la reproducción de un cuadro de Kandisky. Lo observan los lomos de algunos libros, entre ellos las mujeres de Freud y escritos de Lacan que, mudos, no pueden faltar.
Oye pequeñas toses y asentimientos, mientras enhebra su rapsodia semanal, un haz de dialogo logarítmico que lo hace sentir más liviano cuando vuelve a la calle y sienta que las peatonas le sonríen aún cuando lo persiga la misma ecuación.
Incógnita semejante a un quinto grado con distinta manera de pensar, ese intento de despejarse para dejar solo siempre apenas una forma geométrica retorcida y general.
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